Hay personas que, sin darse cuenta —o a veces con plena intención— intentan ocupar un espacio que no les corresponde: el control de nuestra paz. Una palabra fuera de lugar, una opinión malintencionada, una crítica disfrazada de consejo… y si no estamos atentos, les entregamos las llaves de nuestra tranquilidad como si fuera algo negociable.
Pero la paz no se regala. No se delega. No se presta.
Tu tranquilidad es un territorio sagrado. No depende de la aprobación ajena, ni de la validación externa, ni de que todo salga perfecto. Depende de tu capacidad para decidir qué te afecta y qué no. Cuando entiendes que no todo merece una reacción, comienzas a recuperar el poder que habías cedido.
No le des a nadie la autoridad de alterar tu equilibrio interno. Quien vive en guerra no puede obligarte a batallar. A veces la mayor muestra de fuerza es elegir el silencio, la distancia o simplemente la indiferencia elegante. Tu paz vale más que cualquier discusión, más que cualquier ego, más que cualquier necesidad de tener la razón.
Proteger tu tranquilidad no es frialdad… es madurez.

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