Hubo un tiempo en que el reloj no era un adorno en tu muñeca, era un amo. Cada minuto tenía dueño, cada hora tenía propósito, y tú estabas ahí, cumpliendo, sosteniendo, resistiendo. No preguntabas cuánto faltaba para terminar, preguntabas qué faltaba por hacer. No medías el cansancio, medías el compromiso.
Por eso, hoy, cuando la vida te regala un instante de calma, no le pidas permiso a la culpa. No mires el precio. No hagas cuentas. No te preguntes si lo mereces.
Ya lo pagaste.
Lo pagaste con madrugadas que nadie aplaudió. Con silencios que nadie notó. Con esfuerzos que parecían invisibles, pero que construyeron todo lo que hoy eres.
Disfrutar no es un lujo cuando has sido disciplina. Descansar no es debilidad cuando has sido constancia. Vivir sin mirar el precio es, a veces, la única forma justa de honrar todo lo que un día diste sin mirar la hora.
Así que cuando la vida te invite a sentarte, a reír, a viajar, a respirar… no preguntes cuánto cuesta.
Recuerda cuánto te costó llegar hasta ahí.











