Los límites importan, aunque a veces se sientan incómodos, aunque a veces decepcionen a otros, aunque a veces te hagan parecer distante.
Los límites no son muros para aislarte del mundo; son líneas que trazas para no perderte dentro de él. Son la forma en que te dices a ti mismo: hasta aquí llega mi amor propio, y de aquí no retrocede.
Quien no pone límites termina negociando su paz por aprobación, su tiempo por culpa y su dignidad por compañía. Y lo más peligroso es que ese intercambio ocurre en silencio, poco a poco, hasta que un día te das cuenta de que ya no te perteneces completamente.
Poner límites es un acto de valentía. Es entender que no tienes que explicarte eternamente, que no tienes que quedarte donde te drenan, que no tienes que aceptar menos de lo que te hace bien.
Porque al final, los límites no alejan a las personas correctas.
Las revelan.
Y también te revelan a ti.









