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  • Capilla del Cristo Viejo San Juan: la foto que me enseñó a detenerme

    Capilla del Cristo Viejo San Juan: la foto que me enseñó a detenerme

    Tomé esta foto sin prisa, como se toman las decisiones importantes.

    Caminé por la Calle del Cristo sin buscar nada en particular, pero con esa sensación de que algo me estaba esperando al final. No era la capilla. No era la historia. Era el silencio.

    Siempre me ha intrigado este lugar. Aquí, donde la ciudad se detiene abruptamente, como si también necesitara un respiro. Donde ya no hay más calle, solo horizonte.

    Y entonces lo vi.

    Un hombre sentado, mirando hacia arriba. No miraba la capilla. Miraba algo más lejos. Algo que no se ve, pero se siente.

    En ese momento entendí que esta foto no es sobre piedra, ni sobre arquitectura, ni sobre historia.

    Es sobre pausa.

    Sobre ese instante donde no haces nada, pero algo dentro de ti se está reorganizando.

    Vivimos obsesionados con avanzar, con llegar, con cruzar la próxima esquina. Pero hay lugares —y momentos— que no existen para que pases por ellos, sino para que te detengas.

    Esta es, sin duda, una de las mejores fotos que mi lente ha captado.

    No por lo que muestra.

    Sino por lo que me obligó a sentir.

  • Elijo ser amable porque conozco mi verdadera oscuridad

    Elijo ser amable porque conozco mi verdadera oscuridad

    Hay una diferencia profunda entre ser amable por ingenuidad y ser amable por elección. La ingenuidad nace de no haber visto la sombra; la elección nace de haberla mirado de frente… y decidir no vivir ahí.

    Quien conoce su propia oscuridad sabe de lo que es capaz: sabe del enojo que quema, del orgullo que endurece, de las palabras que podrían destruir. Sabe que dentro de sí existe la posibilidad de herir, de cerrarse, de convertirse en aquello que alguna vez le dolió. Y es precisamente ese conocimiento el que transforma la amabilidad en un acto de poder, no de debilidad.

    Ser amable, cuando sabes que podrías no serlo, es una forma de dominio propio. Es una victoria silenciosa. Es decirle al mundo: no soy mi impulso más oscuro, soy mi decisión más consciente.

    Porque la verdadera luz no es la que nunca conoció la noche.

    Es la que, habiendo vivido en ella, eligió no quedarse.

    Y tal vez por eso, la amabilidad más auténtica no nace de la inocencia…

    sino de la redención diaria de uno mismo.

  • No esperes lealtad de quien cambia de cara según la ocasión

    No esperes lealtad de quien cambia de cara según la ocasión

    No esperes lealtad de quien cambia de cara según la ocasión, porque la lealtad no es un disfraz que se ajusta al ambiente; es una convicción que se sostiene incluso cuando soplan vientos en contra. Quien modifica su postura dependiendo de quién lo mire, no está comprometido contigo, sino con su propia conveniencia.

    Las personas de doble rostro suelen ofrecer sonrisas que duran lo que les conviene y palabras que se acomodan según el beneficio del momento. Hoy aplauden, mañana critican; hoy prometen, mañana se desentienden. No es traición repentina, es incoherencia constante. Y la incoherencia nunca construye confianza.

    Aprender a reconocer esas señales no te vuelve desconfiado, te vuelve sabio. La verdadera lealtad es silenciosa, firme y coherente. No necesita escenario ni público. Permanece igual en privado que en público, en abundancia y en escasez. Rodéate de quienes no cambian de máscara, porque la paz nace cuando sabes que la persona frente a ti es la misma en cualquier circunstancia.

  • Si alguna vez bajo mi cabeza será para admirar mis zapatos

    Si alguna vez bajo mi cabeza será para admirar mis zapatos

    Esa frase no habla de arrogancia, habla de dignidad.

    “Si alguna vez bajo mi cabeza será para admirar mis zapatos” es una declaración silenciosa de amor propio. Es entender que inclinar la mirada no siempre es señal de derrota; a veces es simplemente una pausa para reconocer el camino recorrido. Es mirar los zapatos y recordar cada paso dado, cada piedra superada, cada distancia conquistada sin rendirse.

    Bajar la cabeza no para avergonzarse, sino para agradecer. No para rendirse, sino para recordar de dónde vienes y hacia dónde sigues caminando. Porque quien conoce su valor no necesita agachar la mirada ante nadie… solo ante su propio esfuerzo.

    Al final, los zapatos no son solo cuero y suela. Son huellas. Son historia. Son prueba de que, pase lo que pase, sigues de pie.

  • Me propuse dejar que las cosas fluyan

    Me propuse dejar que las cosas fluyan

    Me propuse dejar que las cosas fluyan… y entendí que fluir no es rendirse. No es cruzarse de brazos ni esperar milagros. Es aprender a soltar el control obsesivo, confiar en los procesos y permitir que la vida encuentre su propio ritmo, incluso cuando no coincide con el mío.

    A veces forzamos conversaciones, relaciones, oportunidades y hasta tiempos. Queremos que todo encaje según nuestro calendario emocional. Pero hay bendiciones que llegan cuando dejamos de empujar, y hay lecciones que solo aparecen cuando dejamos de resistir. Fluir es confiar en que lo que es para ti, encuentra la manera; y lo que no, también encuentra la salida.

    Hoy decido caminar más ligero. Hacer mi parte, sí… pero sin ansiedad. Sembrar sin desespero. Amar sin presión. Trabajar sin angustia. Porque cuando suelto el exceso de control, descubro que la vida no estaba en mi contra… solo estaba esperando que yo aprendiera a confiar.

  • ¿Por qué corto lazos sin decir nada? 

    ¿Por qué corto lazos sin decir nada? 

    A veces corto lazos sin decir nada porque entendí que no todo merece una despedida formal. No todo vínculo necesita un discurso final; algunos simplemente se apagan cuando dejan de nutrir. El silencio, en ocasiones, es la forma más honesta de reconocer que ya no hay diálogo posible.

    Corto lazos sin avisar cuando hablar implicaría volver a explicar lo que ya fue ignorado. Cuando mis límites fueron expuestos más de una vez y aun así no fueron respetados. No siempre irse es cobardía; a veces es amor propio en su versión más madura. Hay despedidas que no se anuncian porque se intentaron muchas veces antes, en conversaciones que no fueron escuchadas.

    También corto lazos sin decir nada porque aprendí que no todas las personas quieren entender, algunas solo quieren tener razón. Y en esa lucha constante por validar lo evidente, uno se desgasta. Hay momentos en que retirarse en silencio es la manera más elegante de conservar la dignidad.

    No es indiferencia. Es paz. No es orgullo. Es autocuidado. A veces el acto más valiente no es quedarse a pelear por un lugar, sino levantarse de la mesa cuando ya no hay respeto. Y aunque el silencio pueda parecer abrupto, para quien se va suele ser el resultado de muchas palabras que ya se dijeron por dentro.

  • No le des poder a nadie sobre tu tranquilidad

    No le des poder a nadie sobre tu tranquilidad

    Hay personas que, sin darse cuenta —o a veces con plena intención— intentan ocupar un espacio que no les corresponde: el control de nuestra paz. Una palabra fuera de lugar, una opinión malintencionada, una crítica disfrazada de consejo… y si no estamos atentos, les entregamos las llaves de nuestra tranquilidad como si fuera algo negociable.

    Pero la paz no se regala. No se delega. No se presta.

    Tu tranquilidad es un territorio sagrado. No depende de la aprobación ajena, ni de la validación externa, ni de que todo salga perfecto. Depende de tu capacidad para decidir qué te afecta y qué no. Cuando entiendes que no todo merece una reacción, comienzas a recuperar el poder que habías cedido.

    No le des a nadie la autoridad de alterar tu equilibrio interno. Quien vive en guerra no puede obligarte a batallar. A veces la mayor muestra de fuerza es elegir el silencio, la distancia o simplemente la indiferencia elegante. Tu paz vale más que cualquier discusión, más que cualquier ego, más que cualquier necesidad de tener la razón.

    Proteger tu tranquilidad no es frialdad… es madurez.

  • 40 años de ella. 3 días de atraso mío.

    40 años de ella. 3 días de atraso mío.

    El martes celebramos tus 40 años.

    Y aunque este mensaje salga unos días después, la verdad es que una mujer como tú no se celebra en un solo día… se honra todos los días.

    Cuarenta años te han convertido en una mezcla perfecta de seguridad, belleza, carácter y esa sonrisa que todavía me desarma. Si los 30 fueron interesantes, los 40 te quedan simplemente espectaculares.

    Dicen que a esta edad uno ya sabe quién es… y tú lo sabes con una elegancia que impone respeto y enamora al mismo tiempo. Yo solo tengo el privilegio de caminar a tu lado y presumir que esa mujer extraordinaria me eligió.

    Así que sí… el post llegó tarde.

    Pero mi admiración, mi amor y mi orgullo por ti siempre llegan a tiempo.

    Feliz 40, mi vida.

    Lo mejor de ti no fue el martes… lo mejor de ti es todos los días 

    PS: Y si en las fotos sales tan espectacular… no es solo por los 40… es porque el fotógrafo está profundamente enamorado

  • Los Morillos Lighthouse (Cabo Rojo, PR)

    Frente a mí, el faro se alza firme, sereno, como si desafiara al cielo oscuro que amenaza con desatar la tormenta. Las nubes densas y dramáticas parecen moverse con fuerza, creando un contraste intenso con la estructura clara y sus ventanas verdes que brillan como pequeños destellos de esperanza en medio de la penumbra. La cerca blanca dibuja una línea de orden en un paisaje donde el viento y la naturaleza parecen imponerse.

    Tomé esta fotografía en el momento justo, cuando la luz y la sombra decidieron conversar entre sí. Es, sin duda, una de las mejores fotos que mi lente ha captado: poderosa, dramática y profundamente simbólica. Para mí, representa resistencia, carácter y belleza en medio de la incertidumbre.

    El Faro Los Morillos está ubicado en la carretera 301 final, Sector Llanos Costa. Fue el segundo construído en 1877 bajo la dominación española. Tomó seis años en completar su construcción y se terminó en el año 1882.

    El Faro de Cabo Rojo forma parte del sistema de alumbrado marítimo de Puerto Rico y el 22 de octubre de 1981 fue incluído en el Registro Nacional de Lugares Históricos del Departamento del Interior de Los Estados Unidos.

    Fue diseñado por los ingenieros españoles Manuel Maese, E. Gadea y M. Sainz. La escalera y el sistema de iluminación fue importado de Europa.

    El Faro proveía vivienda para dos torreros y sus respectivas familias. Constaba con una sala, dos dormitorios, una cocina y un baño. Todas las paredes originales fueron construídas en ladrillo y argamasa. Hay paredes de hasta 44″ (pulgadas) de ancho.

  • Podemos vivir en un mundo que diseñamos

    Podemos vivir en un mundo que diseñamos

    Vivimos muchas veces reaccionando a lo que ocurre, como si el mundo fuera algo que simplemente nos pasa. Pero esta frase nos recuerda que no todo está escrito. Cada decisión, cada pensamiento y cada actitud son herramientas de diseño. No siempre elegimos las circunstancias, pero sí elegimos cómo responder a ellas.

    Diseñar nuestro mundo no significa controlar todo, sino asumir responsabilidad sobre lo que sí depende de nosotros: nuestros valores, nuestras metas y la forma en que tratamos a los demás. Un mundo personal se construye con disciplina, intención y coherencia. No se crea de un día para otro, sino día tras día.

    Al final, el verdadero diseño no está afuera, sino adentro. Cuando cambiamos nuestra manera de pensar, cambia nuestra manera de actuar; y cuando cambia nuestra manera de actuar, cambia el entorno que construimos. Tal vez no podamos rediseñar el planeta completo, pero sí podemos diseñar el espacio donde vivimos: nuestra mente, nuestro carácter y nuestras decisiones.