El verdadero problema no es equivocarse, es creerse impecable. Porque quien se sabe humano, duda, revisa, corrige y crece. Pero quien se cree perfecto, se estanca en una ilusión peligrosa: la de no tener nada que aprender.
El error, aunque incomode, es un maestro honesto. Te muestra tus grietas, pero también te enseña dónde reconstruirte. En cambio, la falsa impecabilidad levanta muros. Te protege del juicio externo, sí… pero también te encierra lejos de la verdad.
Creerse impecable no es fortaleza, es fragilidad disfrazada. Es necesitar sostener una imagen en lugar de sostener el carácter. Es defender el orgullo en lugar de defender la evolución.
La humildad, en cambio, libera. Te permite decir “me equivoqué” sin que se te derrumbe el mundo. Te permite escuchar sin sentirte menos. Te permite cambiar sin sentirte débil.
Porque al final, no te define cuántas veces caes, sino cuántas veces tienes el coraje de verte sin máscaras… y seguir creciendo.











