Me preguntaron si iba a contar mi versión, como si la verdad fuera una carrera y no una raíz. Como si necesitara correr detrás de oídos que ya decidieron no escuchar.
Y dije que no.
Porque entendí que la verdad no es un espectáculo. No necesita escenario, ni testigos, ni aplausos. La verdad no se desgasta tratando de convencer a quien eligió la comodidad de su propia historia. La mentira, en cambio, necesita repetirse, adornarse, sostenerse con excusas, porque en el fondo sabe que no puede sostenerse sola.
No me interesa ganar batallas que solo existen en la percepción de otros. No me interesa defenderme de relatos que nunca escribí. Hay una libertad silenciosa en soltar la necesidad de explicarte.
Quien me conoce, no pregunta.
Quien duda, no creería aunque hablara.
Y quien necesita mentir, ya confesó sin darse cuenta.
La verdad no grita.
No persigue.
No suplica.
Permanece.
Y el tiempo, que nunca toma partido, siempre termina poniéndola en su lugar.

Deja un comentario