Elijo ser amable porque conozco mi verdadera oscuridad

Hay una diferencia profunda entre ser amable por ingenuidad y ser amable por elección. La ingenuidad nace de no haber visto la sombra; la elección nace de haberla mirado de frente… y decidir no vivir ahí.

Quien conoce su propia oscuridad sabe de lo que es capaz: sabe del enojo que quema, del orgullo que endurece, de las palabras que podrían destruir. Sabe que dentro de sí existe la posibilidad de herir, de cerrarse, de convertirse en aquello que alguna vez le dolió. Y es precisamente ese conocimiento el que transforma la amabilidad en un acto de poder, no de debilidad.

Ser amable, cuando sabes que podrías no serlo, es una forma de dominio propio. Es una victoria silenciosa. Es decirle al mundo: no soy mi impulso más oscuro, soy mi decisión más consciente.

Porque la verdadera luz no es la que nunca conoció la noche.

Es la que, habiendo vivido en ella, eligió no quedarse.

Y tal vez por eso, la amabilidad más auténtica no nace de la inocencia…

sino de la redención diaria de uno mismo.


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