Quien cree que ganó haciendo daño confunde el ruido del momento con la verdadera victoria. El aplauso inmediato, la ventaja aparente o el golpe certero pueden dar la ilusión de triunfo, pero son fuegos breves. El daño no construye; apenas adelanta una sombra que tarde o temprano alcanza a quien la proyectó.
El tiempo no responde a impulsos ni a trampas. Tiene su propio ritmo, paciente e implacable, y se encarga de poner cada acto en su lugar. Lo que se obtiene hiriendo suele cobrarse con intereses: confianza perdida, puertas cerradas, silencios que pesan más que cualquier derrota visible.
Ganar de verdad es otra cosa. Es avanzar sin dejar ruinas detrás, es crecer sin necesitar la caída del otro. Quien entiende las reglas del tiempo sabe que lo único que permanece es lo que se hace con integridad, porque el tiempo no premia la astucia cruel, sino la coherencia de lo que somos cuando nadie aplaude.

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