No lo sabes, pero también es un regalo no encajar ya en ciertas vidas y situaciones.

A veces duele no encajar. Se siente como una pérdida silenciosa, como si algo se rompiera sin hacer ruido. Pero con el tiempo entendemos que no todo lo que se pierde es una derrota; algunas ausencias son, en realidad, una forma de protección. No encajar ya en ciertas vidas o situaciones es la señal de que hemos crecido, de que nuestra conciencia se ha afinado y de que ya no estamos dispuestos a reducirnos para ocupar espacios que nos quedan pequeños.

Cuando dejamos de encajar, también dejamos de forzarnos. Dejamos de callar lo que somos, de justificar lo que sentimos y de negociar nuestros límites. Es incómodo, sí, porque implica soltar costumbres, vínculos y versiones antiguas de nosotros mismos. Pero en ese desapego hay un regalo: la libertad de ser coherentes, de elegir la paz por encima de la aprobación, y de caminar con menos peso emocional.

No encajar es, muchas veces, el inicio de algo más honesto. Es la vida diciendo que ya no pertenecemos a lugares donde tenemos que traicionarnos para quedarnos. Y aunque al principio se sienta como soledad, con el tiempo se revela como espacio: espacio para relaciones más reales, para situaciones más alineadas y para una versión de nosotros que ya no pide permiso para ser.