Cuando señalas, rara vez te detienes a pensar que tres dedos quedan apuntando hacia ti. Es un gesto simple, casi automático, pero cargado de verdad: aquello que criticas en otros muchas veces nace de lo que aún no has resuelto en tu interior. Señalar alivia momentáneamente, porque desplaza la incomodidad hacia afuera y evita el encuentro con uno mismo.
Mirarte exige más valentía que juzgar. Implica reconocer errores, aceptar contradicciones y admitir que no siempre tienes la razón. Pero justo ahí comienza el crecimiento: cuando cambias el dedo acusador por una mirada honesta hacia adentro. Lo que ves puede no ser perfecto, pero es real, y por eso mismo transformable.
Al final, cada vez que sientas el impulso de señalar, recuerda la dirección silenciosa de esos otros tres dedos. Tal vez no sea una invitación a callar, sino a reflexionar. Porque cuando te haces responsable de lo que llevas dentro, el juicio pierde fuerza y la comprensión gana espacio.
